sábado, 14 de enero de 2017

2.- HOJA PARROQUIAL


Situémonos

“Yo lo he visto y doy testimonio”

       El profeta consolador presenta la misión del siervo paciente. Ve en él fuerza divina para orientar al pueblo sufriente hacia Dios: "luz de las gentes", que abre perspectiva de elevación a todos los sufrimientos (Isaías 49,3.5-6).
       Dios no quiere sacrificios, sino la ofrenda de la persona para cumplir su voluntad: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad (Sal 39,2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10).
       Las relaciones entre las comunidades eclesiales y sus dirigentes deben ser esencialmente dialogales. El ministerio en la Iglesia es un servicio, no una imposición (1ª Corintios 1,1-3.)
       La grandeza de un profeta es precisamente desaparecer para dejar paso a lo que viene detrás. En la proclamación del Evangelio no hay nadie imprescindible, y todos pueden compartir la misma misión. Juan Bautista “ha visto” y da testimonio de Jesús (Juan 1,29-34).
      Experiencias de Dios tenemos, vivencia íntima con Jesús, también. ¿Qué nos impide dar cumplido testimonio de Él?


Meditemos

“Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”

El Señor elige a su siervo desde el vientre materno, le concede sus dones y le hace “luz de las gentes”, para que su salvación llegue hasta el confín de la tierra. Muestra su predilección para con él, pues lo va a necesitar, ya que él va a salvar al pueblo de sus pecados, a costa de su propia vida. De manera similar, los cristianos estamos llamados a gozar del Señor, pero también a entregar nuestra vida.
Así nos ofrecemos en el salmo responsorial: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Esa actitud han tenido todos los elegidos del Señor: “Hágase en mí, según tu palabra” (María), “Señor ¿qué quieres que haga” (Pablo, Francisco de Asís). No hay que ocultar que, junto al gozo de sentirse elegido, se encuentra también el sufrimiento de cumplir su voluntad, como rezamos continuamente en el Padrenuestro.
         Juan fue descubriendo a Jesús y, a partir de ese descubrimiento, encontró su misión. Para todos, el conocimiento de Jesús es progresivo. ¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué es Jesús para mí? ¿Creo en Jesús? ¿Creo a Jesús? ¿Ayuda mi vida a alguien a conocer, a encontrar, a Jesús?
         Juan comunica su maravilloso descubrimiento: confiesa a Jesús y su liberación. El pecado del mundo, del que “quita” el elegido, no es sólo el pecado personal, sino todas las injusticias, egoísmo, ambición... que hace insostenible la vida de una tercera parte de la humanidad. Seguir a Jesús es comprometerse por quitar el pecado del mundo: liberar de todo lo que destruye la felicidad de las personas. Dejándonos guiar por el Espíritu, como Jesús, iremos aprendiendo a estar en el mundo, dando esperanza, contagiando alegría, como auténticos testigos, al estilo de Juan.


Pensemos

“El cordero del campanario”


                       Un turista visitaba una iglesia en Alemania y cuál no fue su sorpresa al ver la escultura de un cordero en lo alto del campanario.

           El sorprendido turista preguntó el porqué de aquel cordero allá arriba.

           Le dijeron que, cuando la iglesia se construía, un trabajador cayó del andamio. Sus compañeros acudieron corriendo, esperando encontrarlo muerto. Pero se alegraron muchísimo al verlo vivo y con pequeñas heridas.

           ¿Cómo sobrevivió? En aquel momento pasaba por allí un rebaño de ovejas y cayó encima de un cordero. El cordero murió pero el trabajador se salvó.

           Para conmemorar aquel milagroso acontecimiento, alguien esculpió un cordero que se colocó a la misma altura de la que había caído el trabajador.


           El evangelio de hoy nos invita a todos a “mirar al Cordero de Dios”. Los que se apoyan en Él sobreviven y son salvados, a pesar de las heridas que la vida nos causa en el fragor del diario vivir.


Abramos el corazón


“Has venido por mí, Señor,”
para que , conociéndote,
sepa que no existe alguien mayor que Tú,
cimientos más sólidos que los tuyos
(la fe y la esperanza, el amor y la vida).


Has venido por mí, Señor,
para que, viéndote, te ame y me fie de Ti;
para que, amándote,
ame y me confíe a los que me necesiten.

Has venido por mí, Señor,
y te doy las gracias y te bendigo
y te glorifico y te busco,
y, buscándote, pido que reines en mí;
para que, siendo Tú el Rey de mi vida,
no me rinda en las batallas de cada día,
ni me eche atrás a la hora de defenderte
ni  oculte mi rostro,
cuando, a mi puerta, llamen los dramas humanos.

Has venido por mí, Señor,
para que, mis dolores, siguiéndote,
se sientan aliviados por tu presencia;
para que, mis pecados, llorando ante Ti,
sean perdonados por tu mano misericordiosa.

¡Has venido, por mí, Señor!
¡Gracias, Señor!
Javier Leoz
 



Situémonos



Éste es mi Hijo amado: escuchadle”

            La figura del siervo del Señor es palabra de esperanza y fuerza en el sufrimiento. El siervo es manso, pero no se quiebra en su misión (Isaías 42,1-4. 6-7).
        Todos los que entran en comunión con la persona de Jesús, reciben la potestad de ser hijos, de tener una actitud verdadera de hijos en relación con Dios Padre, como la tiene Cristo, el Hijo Unigénito. Desde esta comunión podemos purificar y renovar todas nuestras relaciones paterno-filiales según el espíritu que nos revela la Epifanía (Mateo 3,13-17)
        Llevar el bautismo a toda clase de pueblos, de razas y de personas implica la superación de todo nacionalismo, de todo racismo, de todo «apartheid» y de todo clasismo. Pero para hacer realidad este bautismo universal hay que obrar como Jesús de Nazaret: hacer el bien y luchar a favor de los oprimidos (Hechos de los Apóstoles 10,34-38)
        La voz del Señor se cierne sobre las aguas (del Bautismo) y “El Señor bendice a su pueblo con la paz” (Sal 28,1a y 2. 3ac-4. 3b y 9b-10).


Meditemos

“El Espíritu bajó sobre Él”

           Juan se proponía como alternativa al Templo y a todo su sistema sacerdotal centrado en los sacrificios cruentos.
         Jesús se pone en la fila de los pecadores, como signo de la solidaridad y cercanía que durante toda su vida iba a mostrar con las personas más débiles y más necesitadas.
         A Jesús su bautismo le cambió la vida. Salió del silencio de Nazaret y comenzó la predicación del Reino. Nosotros hemos sido bautizados como Jesús, ungidos por su Espíritu para continuar su obra liberadora. ¿En qué nos distingue e identifica nuestro Bautismo?
         La persona bautizada con el Espíritu de Jesús tiene que procurar ser calco y copia de la vida de Jesús. El Bautismo es el sacramento del compromiso adulto y responsable y la conversión  personal a la fe y al Evangelio. No es costumbre social, cultural  o religiosa.  El bautismo, aunque se administre a los niños, no es cosa de niños.
         El cielo, desde la Navidad ha quedado abierto, por Jesús ha desaparecido todo lo que impedía la comunicación con Dios. Sigue con Jesús el Espíritu que está con Él desde su nacimiento y que le acompañará en todos los momentos de su vida. El sentirse amado incondicionalmente por el Padre, y lleno del Espíritu, llevó a Jesús a ponerse con plena confianza en sus manos. ¿Me siento, como Jesús, amado incondicionalmente por Dios, siempre y en todas las circunstancias? El amor es lo que más libera y lo que más compromete. Tú eres mi hijo amado, tú eres mi hija amada. Eso te dice sin cesar el cielo.
         El sentido, la esperanza, la vida de toda persona, se fundamenta en la seguridad inquebrantable de saberse amada.


Pensemos

El bautizo

           Un domingo, empezó a sonar la campana de la iglesia. Un hombre gritó:
- Ea, Melina, vamos ya, que están tocando.
           Un viejo sentenció:
- Está visto, nunca acaban de prepararse las mujeres.
           Por fin, apareció una mujer, que llevaba en brazos un niño de dos meses. Salió detrás, cogida del brazo de su marido, la madre, y a continuación seguían los invitados.
           El sacerdote aguardaba junto al altar: era tío del niño. Bautizó, cumpliendo todos los ritos, a su sobrino, y éste rompió a llorar cuando sintió el sabor de la simbólica sal. Terminada la ceremonia, salieron; ahora caminaban aprisa. La comadrona, un poco cansada, le dijo al cura:
- Señor cura, ¿le importaría llevar un rato a su sobrino?
           Tomó el sacerdote al niño; aquella carga tan liviana le embarazaba, porque no sabía cómo tenerlo. El padre le gritó:
- Eh, señor cura. ¡Si quieres otro, no tienes más que pedirlo!
           Y empezaron las cuchufletas, al estilo campesino. Cuando se sentaron a la mesa, estalló la alegría: se lanzaban frases muy cargadas de pimienta, que hacían reír.
           El niño, debido al vocerío, rompió a llorar. Alguien gritó:
- Oye, tú, curita; dale de mamar.
           La explosión de carcajadas hizo retemblar el comedor. La madre cogió a su hijo y le dio de mamar en la habitación de al lado. Allí lo dejó y volvió a comer. El niño, al rato, volvió a llorar, pero nadie lo oyó, a excepción del cura que entró a atenderlo. Cuando pasó un tiempo, la madre fue a ver si el niño dormía. Allí, de rodillas junto a la cuna, con la frente apoyada en la almohada en que descansaba la cabeza del niño, el cura dormía tiernamente.
(Adaptación del relato de Guy de Maupassant)


Abramos el corazón

“¡Gracias, Dios y Padre!”

Porque, en el bautismo de Jesús,
de nuevo te revelas y hablas.
Te expresas, como siempre lo haces:
con autoridad y, a la vez, con amor.
Lo haces porque, sabes que el hombre,
necesita del soplo de Jesús para vivir
de su mano, para levantarse
de su amor, para llegarnos hasta Ti,
de tu mirada, para sentirnos amados.
¡Gracias, Dios y Padre!
Porque, sorprendentemente,
las nubes se abren y, lejos de desprender agua,
derraman palabras divinas,
consuelo para una humanidad resquebrajada
esperanza para un mundo perdido.
¡Gracias, Dios y Padre!
Porque, al bajar Jesús al río Jordán,
tienes sed de nosotros,
de nuestro amor y de nuestra generosidad,
de nuestra conversión y de nuestro corazón.
Porque no dejas de buscarnos:
lo hiciste en Belén,
lo hiciste con ángeles pregonando la Navidad,
lo hiciste con una estrella buscando a los Magos,
lo harás, dejando a tu Hijo, clavado en una cruz,
lo harás siempre que sea necesario, Señor.
Por el hombre…todo.
Eres así, Dios y Padre,
siempre ofreciendo amor al hombre.
¡Gracias, Dios y Padre!
(Javier Leoz)
 
Situémonos

“Sobre todo, amor”

         En la Sagrada Familia, se nos exige amor, respeto, auxilio (Eclesiástico 3,3-7. 14-17a). Se canta la familia: mujer, parra fecunda; hijos, flechas y renuevos de olivo (Sal 127,1-2. 3 4-5). La Sagrada Familia deberá aceptar la persecución y la incomprensión (Mateo 2,13-15. 19-23). La Eucaristía ha de ir creando la familia, proyecto de Dios para la humanidad (Colosenses 3,12-21).
        Se inicia el nuevo año 2017 bajo protección de María, la Madre de Jesús (Gálatas 4,4-7) y Madre nuestra, modelo ejemplo para todo cristiano: “María conservaba estas cosas meditándolas en su corazón” (Lucas 2,16-21). E imploramos la bendición de Dios: con la bendición aaronítica (Números 6,22-27), con el salmo responsorial: “El Señor tenga piedad y nos bendiga” (Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8). Y nos comprometemos a ser instrumentos de paz en la jornada mundial de la Paz.


Meditemos

“Se levantó, y cogió al niño y a su madre”

           La familia es tan importante en nuestra vida que puede ser nuestra salvación o nuestra “perdición”. Hoy se nos muestra la Sagrada Familia: tuvieron que disfrutar mucho, pero también hubieron de vivir una vida de esfuerzo, sufrimiento y dolor. Cantamos las bondades de la familia en el salmo responsorial: mujer-parra fecunda; hijos flechas-renuevos de olivo. Pero también se nos presenta la persecución y la itinerancia, como sucedió con el pueblo de Israel: son autoexiliados. Consciente de la importancia de la familia en la construcción de la persona y de la sociedad, la primera lectura nos invita, en una exhortación tan actual, a respetar, servir y amar a los padres: “no lo abandones....”, “no lo abochornes”. Ante ese ideal de familia, que es el proyecto de Dios para la humanidad y para la Iglesia, el apóstol aconseja a mujeres, maridos, hijos y padres.

“El Señor te bendiga y su madre te proteja”

           En el estreno del año nuevo, la Iglesia nos presenta a la Madre de Jesús, como madre nuestra, como abogada e intercesora que nos guiará por los senderos de los días de este nuevo año. Ella es también modelo para todo cristiano a la hora de afrontar los acontecimientos que nos acaecerán a lo largo del año: “María conservaba estas cosas meditándolas en su corazón”.
         La Iglesia, como a los encargados de una misión, nos bendice con la fórmula aaronítica, y nosotros le pedimos en el salmo responsorial que el Señor tenga piedad y nos bendiga.
         Y se nos hace un encargo en la Jornada Mundial de la Paz: ser, como Francisco de Asís quería, instrumentos de paz, instrumentos de su Paz, en un mundo que tanto la necesita.


Pensemos

“El abuelo y el nieto”

           Había una vez un abuelo, que dejaba caer la sopa, y a veces se le escapaba la baba.
           La mujer de su hijo y su mismo hijo le dejaron en un rincón de un cuarto, donde le llevaban la comida. El anciano lloraba con frecuencia y miraba con tristeza hacia la mesa. Un día se le cayó, y se le rompió la escudilla. Su nuera le llenó de improperios. Le compraron entonces un cuenco de madera, en el que se le dio de comer de ahí en adelante.
           Poco después, su hijo y su nuera vieron al niño, muy ocupado en reunir los pedazos del plato que había en el suelo.
- "¿Qué haces?", preguntó su padre.
- "Un cuenco, para ti y para mamá cuando seáis viejos."
           El marido y la mujer se miraron sin decirse una palabra, se echaron a llorar, y volvieron a poner al abuelo en la mesa.
Hermanos Grimm
“El padre no creyente”

           Una nochebuena, la mujer y los hijos invitaron al padre al oficio navideño de la parroquia, pero él se negó:
- ¡Tontería! ¿Por qué Dios se iba a rebajar viniendo a la tierra?
           Al rato, se desató una nevada. Algo golpeó la ventana. Cuando disminuyó, salió para averiguar qué había sido. Vio fuera una bandada de gansos salvajes. Sorprendidos por la tormenta, no pudieron continuar. Quiso ayudarlos a entrar en el granero, pero los gansos no entraban ¡Si fuera uno de ellos, podría salvarlos! Entró al establo, cogió un ganso doméstico y lo soltó entre las aves salvajes. Una por una, las aves lo siguieron. El campesino recordó las palabras que le había dicho a su mujer y, de rodillas en la nieve, elevó su primera plegaria:
- "¡Gracias, Señor, por venir en forma humana a sacarme de la tormenta!".


Abramos el corazón

                                               “Como ellos, Dios mío.”
                                             Que sea como la Sagrada Familia.
                                                          Como JESÚS:
                                                     Dispuesto a darlo todo,
y amando cuando todos callan,  niegan o traicionan.
Pobre, pero con el corazón inmensamente rico.

Como MARÍA:
Mirando hacia el cielo, buscando la voz de Dios,
y, no olvidando el clamor de los que llaman en la tierra.
Cultivando la sencillez, para disfrutar con lo poco.

Como SAN JOSÉ:
Con mis dudas, pero buscando respuestas;
con mis silencios, pero optando por Ti, Dios mío;
Con mi pobre cayado, pero apoyado en Ti.

Quiero, que de los tres, me concedas tres regalos:
-El amor que Jesús me trae. -La confianza con que María cree y
espera en Ti. -La fe de San José para acogerte y nunca perderte.

“¡Madre!”
Pronunciaré tu nombre, en medio de mis pensamientos.
Lo pronunciaré sin razonamientos, porque estoy ante ti
como un niño que llama a su madre cien veces,
feliz de poder llamarla... ¡Madre!

“Quiero un Año Nuevo”
Dame, Señor, un Año Nuevo pero con vida nueva:
en aquello que fui torpe, infúndeme acierto,
para que, buscando la perfección en lo que hago y digo,
no repita mis errores de siempre.
Concédeme, un Año Nuevo pero con sentimientos nuevos:
Fe, para nunca dudar de que Tú vas por delante
Amor, para ofrecerme y dar a quien me necesite
Optimismo, para no desanimarme en las luchas de cada día.


Situémonos

“¡Nos ha nacido un Niño!”

        Con la nación en ruinas, el profeta anuncia la victoria. Es algo tan cercano, que ya ve por el camino al mensajero de la buena noticia y a los vigías de la ciudad gritando y cantando al Dios que viene como libertador (Isaías 52,7-10)
        Frente a la continua pretensión del hombre de ser como Dios, hoy Dios se ha hecho como nosotros: nace de una doncella, es recostado en un pesebre, porque no hay sitio para Él en la posada, y es visitado, en primicia, por unos simples y sencillos pastores, gremio fuera de la ley, malvistos en la sociedad, especialmente, por los bienpensantes (Lucas 2,1-14).
        Por eso proclamaban y hoy proclamamos que “los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios (Sal 97,1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6).
        De muchas maneras habló Dios desde antiguo, pero ahora nos habla por Jesús. Él es la última Palabra de Dios, y es inútil buscar a Dios si no es partiendo de Cristo y de su mensaje evangélico (Hebreos 1,1-6).

Meditemos

“¡Dios con nosotros!”

           Jesús nace en un lugar y un tiempo concretos: en una aldea, pequeña, Belén, la ciudad del rey David; y en la paz que trajo Augusto con su reinado.
         Para ser más concretos, nace en la “periferia”, allá donde el Papa Francisco quiere que salgamos: en una cueva que sirve de establo para los animales, porque “no hay sitio para Él” en la posada. Desde entonces, toda vida que necesita ser protegida, envuelta en pañales y cariño, cogida, acunada y cuidada en un regazo,  sigue siendo señal de la encarnación de nuestro Dios. Pañales y pesebre serán ya los signos de sus preferencias: vida sencilla y pobre. Por eso, Santa Clara dirá: “¡Oh admirable humildad, oh asombrosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es acostado en un pesebre” (CtaCla4, 20-21). Y san Francisco nos invita: ”Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones; humillaos también vosotros para que seáis ensalzados por él” (CtaO, 28).
         Otra de sus preferencias ya la había mostrado con la elección de sus padres: personas humildes y sencillas. Escuchemos un villancico: “Los pastores son, los pastores son los primeros que en la Noche Buena fueron a cantarle su linda canción”. Los invitados por la corte celestial para “presentar sus respetos” son los pastores, gente sencilla, impura, ya que no podían guardar el descanso del sábado, al margen de la sociedad, sin derechos religiosos ni civiles. Ésa es la preferencia de Dios. ¿Coincide con mi actuación y mis preferencias? Los pastores estaban vigilando, estaban despiertos. A la primera señal, se ponen en camino. Su vigilancia y respuesta son ejemplo de fe.
         Navidad nos invita a tener el valor de ser pequeños.


Pensemos

“Los dos niños”

Dos americanos fueron invitados por el Ministerio de Educación Rusa para enseñar, en prisiones y en un orfanato, moral y ética, basada en principios bíblicos. En el orfanato había unos 100 niños abandonados, abusados y dejados en manos del Estado. Allí nació esta historia contada por los dos profesores:
“Se acercaba la Navidad y los niños escucharían por primera vez la historia de la Navidad: María y José, al no encontrar posada, fueron a un establo, donde el Niño nació.
A lo largo de la historia, los chicos y los empleados del orfanato no podían contener su asombro. Una vez terminada la historia, les dimos a los chicos trozos de cartón, servilletas, trozos de franela  y fieltro para que hicieran un Belén.
Mientras los huérfanos construían sus pesebres, yo caminaba entre ellos. El pequeño Misha, de unos seis años, no tenía sólo un niño, sino dos en el pesebre. Le dije al traductor que le preguntara por qué había dos niños. Misha repetió el relato bíblico, y, cuando María pone al Niño en el pesebre, Misha empezó a inventar su propio final para la historia:
- Cuando María dejó al Niño en el pesebre, Jesús me miró y me preguntó si yo tenía un lugar para estar. Yo le dije que no tenía mamá ni papá, y que no tenía un lugar para estar. Entonces Jesús me dijo que yo me podía quedar con Él. Le dije que no, porque no tenía regalo que darle. Pero entonces pensé que un buen regalo podría ser darle calor. Por eso le pregunté a Jesús:
- Si te doy calor, ¿ése podría ser un buen regalo para ti?
Y Jesús me dijo:
- Ése sería el mejor regalo que jamás haya recibido.
           Por eso me metí con Él en el pesebre.


Abramos el corazón

“¿Por qué, Señor!,”

Aprovechas la orfandad de la noche
sin más corte que el amor de una Virgen
y el cayado de un anciano,
para nacer pobre siendo inmensamente rico?
“¿Por qué, Señor!,”
pudiendo ser agasajado por cortejos reales
prefieres la bondad y las sencillez de unos pastores
y el calor de una mula y un buey?
“¿Por qué, Señor!,”
comunicándote como siempre lo has hecho
a través de profetas y reyes, signos, milagros  y portentos
te sirves tan sólo de unos ángeles que pregonan tu nacimiento?
“¿Por qué, Señor!,”
siendo Dios, te humillas tanto a favor de aquellos
que, siendo hombres, queremos ser “dioses”
Dinos, Señor: ¿Por qué te haces tan pequeño?
“¿Por qué, Señor!,”
rompes las fronteras del cielo
y te adentras, sin ruido ni aspavientos,
en la débil humanidad que espera tu salvación?
“¿Por qué, Señor!,”

Sólo hay una respuesta, tan grande como Tú mismo
y tan corta la palabra que te define:
¡Todo por amor!
Por amor naces y por amor bajas.
Por amor lloras y por amor redimes.
Por amor te dejas adorar y, por amor, un día también,
en otro trono, de madera también,
demostrarás lo mucho que nos amas.
¡Por amor, Señor, vienes al mundo!
(J. Leoz)




Abramos el corazón

“Conviérteme, Señor,”

del ruido, que me impide escucharte,
a la paz que me permite sentirte;
de la comodidad, que me desfigura
a la sobriedad que necesita mi alma,
a la belleza interior, a la perfección

Conviérteme, Señor,
de mi voz, suave y tímida para pregonarte,
a un testimonio vivo ,eficaz y valiente,
para proclamar que, como Tú,
nada ni nadie ha de salvar al hombre.

Conviérteme, Señor,
de mi autosuficiencia, orgullo y seguridades,
a la humildad para saber y poder encontrarte.

Conviérteme, Señor,
de mis apariencias, simples e interesadas,
a la plenitud que me ofrece tu presencia,
real y misteriosa, dulce y exigente,
divina y humana, audible….y a veces silenciosa,
con respuestas….y a veces con interrogantes.

Conviérteme, Señor,
y dame un nuevo corazón para alabarte;
y dame un nuevo corazón para bendecirte;
y dame un nuevo corazón para esperarte;
y dame un nuevo corazón para amarte.

Amén.
Javier Leoz
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