sábado, 24 de junio de 2017

2.- HOJA PARROQUIAL

Situémonos

“No temáis,
yo he vencido al mundo”

            La difícil misión llena la existencia de Jeremías de conflicto con Dios y con los hombres. Pero encuentra refugio en Dios. Dios se le revela como su defensor (Jeremías 20,10-13).
       El salmista ha aguantado afrentas, ha sufrido vergüenza, se siente extraño entre los suyos, por su fidelidad al Señor. Pero sabe que el Señor escucha a sus pobres, y por eso pide: “Que me escuche tu gran bondad, Señor (Sal 68, 8-10., 14 y 17. 33-35)
Un cristiano, en su afán misionero de evangelizador, debe llegar hasta donde sea, incluso hasta poner en peligro la propia vida. Su seguridad está en Cristo, que ha muerto y resucitado para darnos la certeza de nuestra victoria, la fortaleza que nos hace superar todo temor (Mateo 10,26-33).
       La solidaridad humana tiene anverso y reverso: es solidaridad en el mal y en el bien: «por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres..., pero, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos» (Rom 5,12-15).


Meditemos

“Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte”

           Hoy, Jesús nos invita a ser auténticos y coherentes con la Buena Noticia, aunque ello lleve consigo la incomprensión, la persecución y hasta la muerte.
         Mal lo pasó el pobre profeta Jeremías que tiene que proclamar un mensaje no grato a los oídos de sus paisanos. Por ello, están acechándolo para acabar con su vida. Pero el profeta tiene la certeza de que Dios esá con él y lo librará.
         En cualquier situación que el hombre se encuentre, no debe decaer la confianza y la esperanza en la ayuda del Altísimo, que no es un Dios lejano, sino un Padre presente y cercano que mira con solicitud y amor a todas sus criaturas.
         Si queremos ser fieles a nuestra vocación cristiana, hemos de estar alerta, porque la tendencia es a adaptarnos a la manera de pensar, sentir y vivir de nuestros contemporáneos. Ya nos avisaba el apóstol: «Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios» (Rom 12,1-2).
         La vida de Jesús es el mejor ejemplo de cómo ser fieles a Dios. Llevó su fidelidad hasta la muerte de Cruz. Así vivieron los mártires de todos los tiempos, hace algún tiempo, el obispo Romero, y, últimamente, nuestros hermanos cristianos coptos.
         El discípulo tiene que parecerse a su Maestro. Ya lo dijo Jesús: “os entregarán...., os golpearán... por mi causa...; así podréis dar testimonio de mí delante de ellos” (Marcos 13,9).
         Los cristianos de hoy no debemos ser personas miedosas encerradas en la sacristía, como los apóstoles, ni guerrilleros integristas, que van imponiendo su verdad, sino evangelizadores, que, con sencillez franciscana, proclaman la Buena Noticia con la vida, y, si es necesario, con la palabra.


Pensemos

“Sufrir persecución
por la justicia”
(Leyenda de san Buenaventura, II, 2-3)

           Al verle sus conciudadanos en aquel extraño talante: con el rostro escuálido y cambiado en sus ideas, pensaban que había perdido el juicio, arremetían contra él, arrojándole piedras y lodo de la calle, y, como a loco y demente, le insultaban con gritos desaforados. Mas el siervo de Dios, sin descorazonarse ni inmutarse por ninguna injuria, lo soportaba todo haciéndose el sordo. Tan pronto oyó su padre este clamoreo, acudió presuroso; pero no para librarlo, sino, más bien, para perderlo. Sin conmiseración alguna lo arrastró a su casa, atormentándole primero con palabras, y luego con azotes y cadenas. Francisco, empero, se sentía desde ahora más dispuesto y valiente para llevar a cabo lo que había emprendido, recordando aquellas palabras del Evangelio: Dichosos los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
           No mucho después se vio precisado el padre a ausentarse de Asís, y la madre, que no aprobaba la conducta del marido y veía imposible doblegar la constancia inflexible del hijo, lo libró de la prisión, dejándole partir.
           Pero volvió el padre, y, al no encontrar en casa a su hijo, después de desatarse en insultos y denuestos contra su esposa, corrió bramando al lugar indicado para conseguir, si no podía apartarlo de su propósito, al menos alejarlo de la provincia. Pero Francisco, confortado por Dios, salió espontáneamente al encuentro de su enfurecido padre, clamando con toda libertad que nada le importaban sus cadenas y azotes y que estaba además dispuesto a sufrir con alegría cualquier mal por el nombre de Cristo.

Abramos el corazón

“Dame tu valentía, Señor”

Así, cuando tenga que decir un “sí”
no lo cambie, cobarde, por el “no”
o por el miedo al qué dirán.
¡Sí; Señor!
Otórgame ese valor que sólo la fe  da:
la que nos hace brindar por un mundo mejor;
la que nos hace soñar con un corazón nuevo;
la que nos hace descubrir la grandeza de tu amor.
Infúndeme esa valentía
que sólo tu Palabra transmite:
la que nos hace combativos en la lucha;
la que nos levanta el aparente fracaso;
la que es arma y escudo frente al adversario-
Ofréceme esa bravura que me inspira tu presencia:
Para que nunca, en el combate,
me sienta sólo ni desamparado;
para que, ante las burlas,
recuerde que, Tú, también fuiste ridiculizado;
para que, ante las incomprensiones,
no olvide que, Tú, también fuiste rechazado.
¡Sí; Señor! ¡Dame entereza en la lucha!
Para que nunca diga ¡basta!
para que huya del derrotismo que todo lo asola;
para que avance y nunca retroceda;
para que ofrezca al Evangelio
mi voz que anuncie y denuncie
lo que en el mundo tantas veces se olvida:
Tú, tu amor, tu justicia, tu paz,
tu Reino, tu voluntad y tu ternura. Amén
Javier Leoz



Situémonos

“Tomad, comed; tomad, bebed”

            La condición de desierto, hambre y sed, acompaña siempre al hombre peregrino. El agua de la roca y el maná son los signos de un Dios atento a las necesidades del ser humano (Deuteronomio 8,2-3. 14b-16a).
       Comer la carne del Hijo del Hombre y beber su sangre es vivir la comunión con Jesús. Esto se hace presente en la comida fraternal del pan y del vino, alimentos de vida eterna (Juan 6,51-59).
       Comer del mismo pan y beber del mismo vino eucarístico implica un grave compromiso de unidad entre los cristianos. Esta unidad no puede ser meramente superficial y litúrgica, sino, además, profética y comprometida (1ª Corintios 10,16-17).
       Glorifiquemos al Señor, que nos ofrece la paz, nos da su Palabra y nos sacia con flor de harina (Sal 147,12-13. 14-15. 19-20)



Meditemos

“¿Eres Eucaristía?”

            Jesús en el Evangelio se identifica con el alimento que Dios da a la humanidad: hace falta escuchar, acoger, compenetrarse con su palabra y sus sentimientos.
         No siempre es fácil aceptar la presencia de Dios: puede crear menos problema aceptar la imagen de un Dios lejano, a quien hay que aplacar con ritos y sacrificios. Un Dios que nos atrae por el hambre, por la sed, que acoge, libera, puede producir escándalo.
         Jesús se ofrece como alimento. La comunión de vida con Jesús supone ser personas eucarísticas: abrir los brazos, no juzgar ni excluir ni excomulgar a nadie, estar dispuestos a lavar los pies, a hacerse pan y paz, a contagiar esperanza. El gesto de Jesús recuerda la última Cena. La comunión con Jesús supone vida compartida, llamada continua a la fraternidad y a la solidaridad. Participar en la Eucaristía supone ser “pan” y “vino” para los demás: la puesta en práctica del amor mutuo, y la identificación con la vida, el espíritu y la misión de Jesús. Donde no hay amor, solidaridad, vida compartida y comprometida no hay Eucaristía. Lo importante no es ”oír” misas, repetir unas palabras y gestos que no transforman, sino hacer presente el proyecto de Jesús en la vida cotidiana.
         Es cuestión de vida, no de precepto ni de rito. Jesús comunicaba vida cuando curaba, cuando acogía, cuando escuchaba, cuando comía, cuando miraba... Lo nuestro es seguir su ejemplo, hacer partícipes y comunicar esa vida.
¡Ojo! Comer el maná, puede ser ineficaz para la vida. Quien come este nuevo maná se abre a las necesidades de los demás, se desvive para que todos puedan vivir con dignidad, aportando vida y esperanza.


Pensemos

“El espantapájaros”

               (Lea en clave eucarística este relato)

  En un pueblo vivía un labrador avaro. Pensó: “Haré un espantapájaros”.
            Le puso una calabaza de cabeza, dos granos de maíz de ojos, por nariz, una zanahoria y la boca, una hilera de granos de trigo. Le colocó ropas rotas y de corazón, una pera.
            Un gorrión buscaba alimento y le dijo al espantapájaros:
- Déjame coger trigo para mis hijitos.
- Puedes coger mis dientes que son granos de trigo.
            Agradecido, el gorrión besó su frente de calabaza.
            Una mañana, un conejo le miró y le dijo:
- Quiero una zanahoria, tengo hambre.
            Le ofreció su nariz de zanahoria.
            Más tarde apareció el gallo cantando junto a él.
- Mi gallina no le pondrá más huevos al dueño avaro.
- Eso no está bien. Coge mis ojos que son de maíz.
            Más tarde el espantapájaros notó que alguien lloraba junto a él. Era un niño. El dueño de la huerta no había querido ayudarle.
- Toma, te doy mi cabeza que es una gran calabaza...
            Un vagabundo se acercó y le dijo:
- ¿Podrías darme algo? El labrador me ha echado de su casa.
- Coge mi vestido, es lo único que puedo ofrecerte.
            Cuando el labrador vio su espantapájaros, se enfadó y le prendió fuego. En ese momento cayó al suelo su corazón de pera. El labrador, riéndose, se la comió diciendo:
- Pues esto me lo como yo.
            Al morderla, notó un cambio. El espantapájaros le había comunicado su bondad.
Manuel Sánchez Monge


Abramos el corazón

“¡Vas por delante, Señor!”

Porque, conociendo la humanidad,
sabes que necesita de tu mano.
Que, sin Ti, está abocada
a la desilusión y al desencanto,
al pesimismo o al enfrentamiento.
¡Inyecta, Señor, un poco de tu sangre en nuestro mundo!
Porque nuestros cuerpos se encuentran débiles.
¡Danos un poco de tu Cuerpo, oh Cristo!
Porque, en las mesas de nuestra vida,
sobra el pan que se cuece en un simple horno
y nos falta ese otro Pan que se dora en el amor divino.
¡Vas por delante, Señor!
Somos nosotros, Señor, tus amigos,
los que, un día sí y otro también,
queremos llevarte como el mejor tesoro al mundo;
los que somos miembros de tu Cuerpo
y anunciadores de tus buenos y santos misterios.
¡Vas por delante, Señor!
Mira al enfermo que, desde la azotea de su sufrimiento,
te grita: ¡ten compasión de mi!
Detén tu mirada sobre el que, muerto aún estando vivo,
te pide un poco de esperanza en su caminar.
No dejes de bendecir a los que te dicen que,
entre todo lo conocido, Tú eres el más digno de ser adorado.
¡Vas por delante, Señor!
Gracias, por compartir nuestras prisas y ofrecernos calma.
Gracias, por regalarnos tantas caricias,
Gracias, porque tu Cuerpo y tu Sangre nos hace fuertes,
nos hace sentir que merece la pena caminar y vivir contigo.
Javier Leoz
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