sábado, 14 de octubre de 2017

2.- HOJA PARROQUIAL

Situémonos

Venid a la Boda”

                        La salvación es un banquete, ofrecido a todos los pueblos en un monte. No será completa, si no es universal (Isaías 25,6-10a).
             Dios, Pastor, prepara mesa, unge con perfume, y hace rebosar la copa: “Habitaré en la casa del Señor, por años sin término” (Sal 22,1-3a. 3b-4. 5. 6).
      La parábola de los invitados a la boda presenta el fin de los privilegios del pueblo judío, hacia la universalidad indiscriminada. Ya ningún pueblo, cultura o civilización tendrá derecho a monopolizar la salvación. La Eucaristía es el banquete de bodas abierto a todos. Exige un traje de fiesta y una actitud de agradecimiento (Mateo 22,1-14).
       San Pablo presenta los principios de la ascética cristiana: ni la pobreza ni la abundancia son en sí mismas un valor o un desvalor. Lo serán en función de algo más grande e importante. Hay que estar preparados para hacer opciones diferentes según los casos (Filipenses 4,12-14.19-20).


Meditemos

Los invitados no se la merecían”

           Jesús continúa denunciando a los dirigentes religiosos. Una nueva comunidad sustituye a la que rechaza la invitación. Jesús dirige una invitación a cambiar de valores.
         Jesús presenta el Reino como un banquete, como una boda, símbolos de amistad, comunión, amor y felicidad. Cuando los intereses de Dios no son nuestros intereses, por cualquier excusa, se le deja de lado. Quien convoca al Banquete no manda, invita. Lo más profundo de Dios se alcanza y acepta, no se hace por obligación ni por deber, sino por libre decisión, respuesta a una invitación, a una sugerencia,  a una mirada, a un susurro...
         Las excusas y rechazos no detienen el plan de Dios. La invitación se extiende a “todos los que encontréis”. Es universal. No por nuestros méritos, sino por amor gratuito del Padre. Jesús derriba todo privilegio y toda barrera: los “buenos y malos”, los “pobres y lisiados”. ¿Presento el cristianismo como más positivo y gozoso, como fiesta digna de celebrarse? ¿Lo he convertido en verdades a creer o de normas a cumplir? ¿Mi vida transmite la fiesta, la ternura, el amor de Dios?
         El traje que exige no es algo costoso, sino una actitud. Cambiar de vestido-conversión, requiere cambiar de mentalidad, sentir la confianza de hijos y llevar un estilo de vida gozoso. ¿Qué falta a mi traje para ese Banquete?
         Las personas que se creen privilegiadas, mejores que las demás, se autoexcluyen, se cierran la puerta de la Fiesta. No basta con ser llamados –bautizados-, hay que hacer vida el mensaje de Jesús con alegría, sin temor, porque, aunque es exigente, como la libertad, la amistad, el amor... es llamada que conduce a la Fiesta, a la Plenitud y a la Vida.


Pensemos

Caridad y Gratitud”

           Hace mucho tiempo ofreció Dios una fiesta a todas las virtudes, grandes y pequeñas, humildes y heroicas.

           Todas ellas se reunieron en una sala del cielo espléndidamente decorada, y no tardaron en disfrutar de la fiesta, porque todas se conocían entre sí, e incluso algunas de ellas mantenían estrechas relaciones.

           De pronto, Dios reparó en dos hermosas virtudes que no parecían conocerse entre sí en absoluto y daban la sensación de encontrarse incómodas la una junto a la otra.

           Llamó a una de ellas y se la presentó formalmente a la otra:

- Te presento a Gratitud. Ésta es Caridad.

           Pero, en cuanto Dios se dio la vuelta para atender a otros invitados, ellas se separaron.

           Así es como ha circulado la historia de que ni siquiera Dios puede hacer que haya Gratitud donde hay Caridad.

Anthony de Mello

            Es lamentable que donde haya CARIDAD de Dios no haya gratitud (los primeros invitados) y donde haya GRATITUD  (el invitado sin traje) no haya CARIDAD.

            Resulta bochornoso que quien es capaz de elevar los ojos al “cielo” (Gratitud), le cueste mirar al “suelo” (Caridad).


Abramos el corazón

Si me invitas, quiero ir, Señor,”

porque necesito disfrutar y sentir,
aun en medio de tantas dificultades,
un momento de dicha y de fiesta.
Si me invitas, quiero ir, Señor
pero bañado con el traje del amor,
inundado con la fuerza de tu presencia,
calzado con las bienaventuranzas.
Si me invitas, quiero ir, Señor.
¿Me dejarás compartir tu mesa, Señor?
Me falta para ser un perfecto invitado:
amor, y mis obras son un vacío pregón;
justicia, y me busco a mí mismo;
añoro un mundo nuevo, y lo pienso sin Ti;
trabajo por sobrevivir, y no siempre lo hago mirando al cielo.
¿Aún sigues empeñado en invitarme, Señor?
Si me invitas, quiero ir, Señor.
Haz que tu convite llegue al lugar donde yo pueda responder:
a mi corazón, para que sólo sea para Ti;
a mi alma, para que sienta que vives en mí;
a mi caminar, para que no me sienta sólo ni desamparado;
a mi trabajo, para que mis ocupaciones no me alejen de Ti.
Si me invitas, quiero ir, Señor.
Haz que mis palabras suenen a fiesta de fe.
Haz que mis pasos no se alejen de tus caminos.
Haz que mi semblante sea agradecido por la fiesta convocada.
Si me invitas, quiero ir, Señor.
Contigo, aquí en la tierra, y un día… ojalá en el cielo.
Contigo, aquí en el dolor, y un día…en el gozo eterno.
Contigo, aquí en las dudas, y un día…en la verdad.
Contigo, aquí en las sombras, y un día…ante el rostro del Padre.
Javier Leoz


Situémonos

Un propietario preparó una viña y la arrendó”

            El profeta habla del amor de Dios usando la bella imagen de la viña. El obrero le dedica todos sus cuidados y la viña no le da el fruto esperado: Es el símbolo de una historia de amor infiel (Isaías 5,1-7).
       El salmista comprende que “La viña del Señor es la casa de Israel”, y nosotros pensamos: “La viña del Señor somos nosotros” (Salmo 79, 9 y 12. 13-14. 15-16. 19-20).
       La parábola de los viñadores homicidas presenta la universalidad de la salvación de Dios, no encerrada en ninguna nacionalidad, raza o cultura. Es más, los elegidos, muchas veces, son más ingratos, creídos y avariciosos. Por eso, la salvación se abre a aquellos que sean agradecidos, laboriosos y generosos. ¡Ojo con los elegidos! (Mateo 21,33-43).
       San Pablo no es un hombre cerrado a la sociedad: acepta “todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud” y pide que pongan por obra lo que aprendieron, recibieron, oyeron y vieron en él” (Filipenses 4, 6-9).


Meditemos

La viña es la casa de Israel”

           Continúa el enfrentamiento entre Jesús y los dirigentes religiosos. Ausentarse no es que se desentienda de su viña, de nosotros, sino que da tiempo para asumir nuestra responsabilidad.
         La viña, en la Biblia, es imagen de lo que pertenece a Dios. Los verdaderos profetas son siempre “martirizados”, por quienes actúan como si la viña fuese suya.
         Quienes se consideran propietarios de la viña, y la “explotan” en beneficio propio se sublevan contra el único Dueño, persiguen a los profetas, arrojan fuera al Hijo,  prescinden de Él y ocupan su lugar.
         Jesús pregunta a quienes dirige la parábola y espera respuesta. Siempre da una nueva oportunidad para cambiar de actitud. ¿Qué respondo a las preguntas de Jesús?
         No se habla de la destrucción de la viña sino de entregarla a otros labradores: sustituyen a los que no producen frutos. La obra de Dios sigue. Quienes no forman la comunidad de Jesús son quienes quieren apropiarse de la viña. Siempre habrá trabajadores que compartan su pan, su tiempo, sus alegrías, sus penas... formando la nueva comunidad, la que produce, a tiempo, los frutos que el mundo necesita.
         El proyecto de Dios no fracasa. Su Hijo, el desechado, es la piedra clave de la humanidad. ¿Es actual el aviso de Jesús: será retirado el Reino a los improductivos, y se le dará a quienes den mejores frutos? Esto hará Dios a quienes defraudan sus expectativas. Para tener claro cuáles son los frutos que Dios espera de su viña, podemos volver a leer a Isaías (primera lectura): “esperaba derecho, y le damos violencia; justicia, y no hay más que lamentos”. Los frutos, por tanto, están en la línea de la caridad y de la justicia.


Pensemos

El baúl”
           Había una vez un viejecito enfermo. Tenía cuatro hijos, y de ninguno de ellos recibía la mínima atención.
           Vivía en una gran pobreza. Apenas conseguía sobrevivir. En su pequeñísima granja, deambulaban unas cuantas gallinas flacas, que existían casi de milagro, y al menos, no dejaban de poner un par de huevos diariamente. El resto de la dieta que el viejecito consumía eran unas cuantas frutas silvestres que cada día le costaba mucho esfuerzo recoger.
           Un día, entre sus escasas pertenencias, encontró dos monedas de plata y se le ocurrió una genial idea: las cambió por un viejo baúl que trasladó a su casa. Por casualidad uno de sus hijos lo visitó e intrigado le preguntó:
- ¿Qué guardas ahí?
- Un secreto -le contestó-, que sólo conoceréis tú y tus hermanos el día en que me muera, porque aquí está toda mi herencia.
           A partir de entonces, los cuatro hijos comenzaron a visitarle. Le traían leche y miel, y mantenían su cabaña limpia.
           Un día el viejo murió. Inmediatamente los hijos aparecieron no tanto para velarlo, cuanto por ver su herencia.
           Su sorpresa fue mayúscula cuando, abierto el cofre, lo único que encontraron fue un trozo de papel que decía:
- Hijos míos: el auténtico amor no espera, se entrega generosamente sin esperar recompensa. Mi única herencia es que aprendáis a querer. Hubiera deseado dejaros más, pero mi único legado es daros las gracias por lo que me habéis dado.
           Los cuatro hermanos, en profunda reflexión y con lágrimas en los ojos, le dieron digna sepultura, y uno de ellos, cuando echó el último puñado de tierra, lo despidió diciendo:
- Te prometo amar sin esperar nada a cambio. Amén.
  

Abramos el corazón

“¡Mándame, Señor!

A tu viña, que es tu pueblo.
A tu viña, que son los hombres, Señor,
y los frutos de sus palabras
sean la verdad y la sinceridad.
A tu viña, que son las mujeres, Señor,
y la consecuencia de sus actitudes
sean la esperanza y la confianza en Ti.
A tu viña, que son los jóvenes, Señor,
y, así,  sus ideales y sueños no sean obstáculo
para que te acojan, esperen y crean en Ti.
A tu viña, que son los niños, Señor,
para que, cuando buscan y crecen,
sonríen y juegan,
duermen o se entretienen,
aprendan amarte y rezarte con todo su corazón.
A tu viña, que son los ancianos, Señor
y los frutos de su experiencia
sean una acción de gracias:
por lo mucho que les has dado
por la fuerza que, en la prueba, les ofreciste
por la sabiduría que, en su existencia,
hiciste nacer en sus decisiones y trabajos.
“¡Mándame, Señor!
A tu viña, aunque me sienta sólo.
A tu viña, aun a riesgo de ser apedreado.
A tu viña, a pesar de no ser comprendido.
A tu viña, aunque no me acompañe el éxito.
A tu viña, aunque sea rechazado.
“¡Mándame, Señor!
Porque, entre otras cosas y muchas más,
sé que Tú me acompañas y vienes conmigo. Amén
Javier Leoz


Situémonos

Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera”

            El profeta dice que cada uno es protagonista en el rumbo de su vida: uno, desde la perdición, elige la vida; y otro, desde la justicia, elige la muerte (Ezequiel 18,25-28).
       En la parábola de los dos hijos a los que el Padre manda a la viña, vemos que, a veces, los aparentemente más dóciles al Evangelio y a la Iglesia traicionan su fe. Por el contrario, los  «contestatarios» comprenden y viven el compromiso de su fe (Mateo 21,28-32).
       “No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás”, como Jesús, que se despoja de su rango; comparte su vida; y llega, en su entrega, hasta la muerte y muerte ignominiosa de cruz (Filipenses 2,1-11).
       “Por sus obras los conoceréis” (Jesús). Nuestro refranero: “obras son amores, y no buenas razones”; “el amor y la fe, en las obras se ven”; “no es lo mismo predicar que dar trigo”; “obrar mucho, y hablar poco, que lo demás es de loco”.
       Conociéndonos, es mejor suplicar a Dios: “Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna” (Sal 24,4bc-5. 6-7. 8-9).


Meditemos

Un hombre tenía `dos hijos´”

           El texto sitúa a Jesús en Jerusalén, en sus últimos días. En ellos, sigue denunciando la actitud de los dirigentes religiosos ante Él y su mensaje.
         Frente al Dios de Jesús bueno y compasivo, que cuida, acoge, libera y dignifica a las personas, los dirigentes religiosos presentan un Dios del Templo y de los sacrificios, que oprime con cargas pesadas, que castiga y excluye a los pecadores y empobrecidos. Y nosotros ¿en qué Dios creemos? ¿Qué imagen de Dios mostramos?
         La parábola es una exhortación a cumplir la voluntad del Padre. Las teorías y las palabras, por muy bonitas y conmovedoras que sean, no dejan de ser palabras. Lo interesante son los hechos. El ideal no es decir "no" y luego “sí”, menos decir "sí" y luego “no”. El ideal es decir "sí" con convicción y compromiso y ser consecuentes y coherentes.
         Los publicanos y las prostitutas son personas descalificadas en lo religioso y en lo moral. Ellos estarán por delante de los sacerdotes y fariseos en el Reino. Jesús no rechaza a nadie. Quienes se creen en posesión de la verdad y no necesitan acoger ni perdonar, se autoexcluyen.
         Jesús no alaba a las personas por su pecado, sino por estar mejor dispuestas a convertirse, a seguirle, a acoger la Buena Noticia. Jesús es amigo de los pecadores y pecadoras oficiales, come con ellos. Nunca evita el contacto con personas consideradas impuras, lo que le convierte en impuro. Toca leprosos y los cura. Se acerca a las personas más discriminadas. Con insistencia provocadora repite que los “últimos serán los primeros”. La actuación de Jesús sigue resultando escandalosa y sorprendente. ¿Nos caracterizamos sus seguidores y seguidoras por actuar como Él?


Pensemos

4 de octubre: san Francisco de Asís

           Nacido en una familia acomodada, renuncia a sus bienes y se entrega, como hermano y menor, a Dios, siguiendo la pobreza y humildad de Cristo.
           Hermano de todos y todas las criaturas, compone el Canto de las Criaturas, himno de alabanza a Dios.
           Es el santo más parecido a Jesús: el “alter Christus”. Quiso en todo imitarle, hasta el punto de concederle el Señor el don de las llagas.

Las avecillas que alimentó y la que pereció por voraz”
(2 Celano, 47)
           Estando un día el bienaventurado Francisco sentado a la mesa con los hermanos, aparecen dos avecillas, que, por sus crías, recogen de la mesa unas migajas. El Santo las acaricia y les da de comer.
           Un buen día, presentan sus pajarillos a los hermanos, y, confiándoselos, desaparecen. Los pajarillos se hacen a los hermanos, se posan en sus manos...
           El Santo invita a los hermanos a alegrarse:
- «Ved lo que han hecho nuestros hermanos petirrojos, como si nos hubieran dicho: "Mirad, hermanos, os dejamos nuestros hijuelos que se han alimentado de vuestras migas"».
           Así, los pajarillos se familiarizan y comen con ellos.
           Pero la voracidad deshace la unión cuando la altanería de uno mayor persigue a los más pequeños. Comiendo él por placer hasta hartarse, impide que los demás coman.
- «Mirad -dice el Padre- a ese glotón; no puede ver que los hermanos coman. Con muerte bien triste va a desaparecer».
           En efecto, el perturbador de los hermanos se posa, para beber, sobre una vasija, y, cayendo de improviso en el agua, perece ahogado; y ni gato ni bestia alguna osó tocar el ave.


Abramos el corazón

“Cántico de las criaturas

Omnipotente, altísimo, bondadoso Señor,
tuyas son la alabanza, la gloria y el honor;
tan sólo tú eres digno de toda bendición,
y nunca es digno el hombre
de hacer de ti mención.
Loado seas por toda criatura, mi Señor,
y en especial loado por el hermano sol,
que alumbra, y abre el día, y es bello en su esplendor,
y lleva por los cielos noticia de su autor.
Y por la hermana luna, de blanca luz menor,
y las estrellas claras, que tu poder creó,
tan limpias, tan hermosas, tan vivas como son,
y brillan en los cielos: ¡loado, mi Señor!
Y por la hermana agua, preciosa en su candor,
que es útil, casta, humilde: ¡loado mi Señor!
Por el hermano fuego, que alumbra al irse el sol,
y es fuerte, hermoso, alegre: ¡loado mi Señor!
Y por la hermana tierra, que es toda bendición,
la hermana madre tierra, que da en toda ocasión
las hierbas y los frutos y flores de color,
y nos sustenta y rige: ¡loado mi Señor!
Y por los que perdonan y aguantan por tu amor
los males corporales y la tribulación:
¡felices los que sufren en paz con el dolor,
porque les llega el tiempo de la consolación!
Y por la hermana muerte: ¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa a su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!
¡No probarán la muerte de la condenación!
Servidle con ternura y humilde corazón.
Agradeced sus dones, cantad su creación.
Las criaturas todas, load a mi Señor. Amén.
Adaptación del Canto de las Criaturas, de san Francisco de Asís

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