sábado, 25 de marzo de 2017

El primer día de la semana....





Acompáñame, Señor
             
Conozco Señor los temores de este mundo. Miro a mi alrededor y descubro esos temores. A veces la vida me parece un desierto; un vastísimo, árido y oscuro desierto. En él me debato fatigosamente, avanzo y busco la salida. Necesito, Señor, encontrar tu lugar.
              ¿Dónde estás, Señor mío? ¿Por qué te ocultas de mí?
              Temo Señor no poder aguantar una vez más el esfuerzo de ser como debo ser, como me obligan a ser, como otros quieren que yo sea.
              Pero, en mitad de este desierto que tanto me asusta, presiento tu presencia repentina. Eres mi refugio. Tú guías mis pasos. Mi único remedio está en Ti, Señor. Por eso, sé que debo caminar en alegría. Sostén mi mano. No me dejes, no te apartes de mí en el nuevo día, mi Dios.
Jesús Sánchez Adalid

 
El amor de Dios
Estamos en Cuaresma. Este es un tiempo ideal para retornar sobre tus pasos y para tratar de hallar esa luz, esa llama que, aunque ahora es pequeña, casi insignificante, sigue encendida en el fondo de tu alma.
Iluminado por ella, al amparo de su resplandor, podrás descubrir que todo, absolutamente todo, es pasajero y que hay cosas eternas más allá que te aguardan frondosas y puras al final del camino.
Hoy es tiempo para caminar, para avanzar hacia donde Él te aguarda. Piensa que es amor, solo amor puro y verdadero, lo que está allí delante de Él.
                                                                                                                 Jesús Sánchez Adalid



El abrazo de Jesús
         

        El hombre vive entre tentaciones, así es la vida. Mientras el tentador nos mueve a desesperarnos o a confiar de manera ilusoria en nuestras propias fuerzas, Dios nos guarda y nos sostiene. Efectivamente, hoy el Señor escucha también tu llamada, tu clamor en medio del deseo de alegría, de paz y de amor.

          Como otros seres humanos, como en todas las épocas, es posible que hoy te sientas abandonado. Sin embargo, en la desolación de la miseria, de la soledad, de la enfermedad y del temor al futuro que sin duda afectan sin distinción a ancianos, adultos y niños, Dios no permite que predomine la oscuridad.
          En  efecto,  hay  un  límite  impuesto  al  mal  por  el bien divino, y ese límite es la misericordia de Dios.
Jesús Sánchez Adalid


 
Nos ponemos en camino

   La Cuaresma es un tiempo privilegiado de la peregrinación interior.  Un  camino  silencioso  hacia  Aquél  que  es  la  fuente de la misericordia.

   Es una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza, de nuestros miedos, de nuestra falta de fe.
    Pero puedes estar seguro de que Él avanza con nosotros, sosteniéndonos en el camino hacia la alegría intensa de la Pascua. Incluso al pasar por el «valle oscuro» por esos lugares de la vida tan desolados  y  tan  tristes.  Eso  también  es  penitencia.  También  nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos, y a encontrarle a Él.
Jesús Sánchez Adalid

¿Tienes un rato…?



Escuchado durante la imposición de ceniza en la Eucaristía de Miércoles.

La traducción ha sido rezada durante la homilía.



Escucha esta maravilla:

El "Miserere", también llamado "Miserere mei, Deus"; una composición creada por Gregorio Allegri en el siglo XVII, durante el pontificado del papa Urbano VIII. La letra es el salmo 51 del Antiguo Testamento.

Se compuso para ser cantado en la capilla Sixtina durante los maitines del Miércoles de Ceniza.

El original se canta en latín.

Pero me he permitido traducirlo a mi modo:


Conforme a tu gran amor y dulzura;
Conforme a la grandeza de tu misericordia,
Ten piedad de mí.
Borra mis rebeliones.
Lávame más y más,
Límpiame de mis maldades.
Porque yo reconozco mi rebeldía.
¡De verdad!
Mi torpeza la tengo siempre presente.
Cuando... frente a tu mirada penetrante...
Lo reconozco: ¿Qué soy?
¡Nada! Un tozudo pedazo de barro.
Aunque sé que tú amas la verdad íntima
Y me has hecho encontrar sabiduría en tu hondo misterio.
Lávame con tu agua y quedaré limpio;
Y seré más blanco que la nieve.
Envía hacia mí el gozo puro y la pura alegría,
Y estos pobres huesos abatidos danzarán de pura dicha.
Aparta tu mirada de mi torpeza,
Borra todas mis maldades.
Y pon en mí, oh Eterno, un corazón limpio,
Y un alma nueva ¡joven!
No me eches a un lado,
No pases de largo
Y no quites de mí tu santo Espíritu.
Envuélveme en el gozo de tu salvación.
Entonces enseñaré
Tus caminos a los transgresores,
Para que vuelvan contigo.
Líbrame del horror vacuo,
¡Oh Maravilla oculta y salvadora!
Y cantaré y bailaré en presencia de tu justicia.
¡Como un loco! Abre mis labios,
Y mi boca gritará tu alabanza.
Porque no quieres sacrificios ni penas;
No quieres dolor absurdo.
Amas el espíritu roto de amor;
El corazón lleno de humildad no lo desprecias.
Envía tu bondad a los que amo.
Edifica sus cuerpos y sus mentes.
Entonces te agradarán nuestras pequeñas cosas,
El encanto de la ofrenda sincera,
Nuestras vidas sencillas...
Pues simple ceniza somos,
Ceniza que vuela a lo alto,
Ceniza dulce y encantada...
 

Jesús Sánchez Adalid
 Te escucho, Señor


    Hago el silencio en mi interior y reconozco que me cuesta mucho hallarte dentro de mí. Por eso necesito alejarme de mí mismo.
   Dejar atrás esta fallida vida mía, sembrada de errores, de vanidades, de recelos y de dudas.
  Cómo necesito creer en Ti, Dios mío. Qué necesidad tengo de tenerte conmigo.
    La vida se pasa y sigo aquí solo con mis cosas, con mis problemas. A veces me parece, incluso, que no hay nada más. Pero entonces me digo ¿Por qué estas dichosas dudas? Si Tú estás aquí.
    Es cierto, oigo tu voz tan cercana. Me hablas ahora, en este preciso momento, y me hablas de mí mismo, y yo te escucho.
    Hoy, Señor, me elevo para escucharte. Dios de la verdad, de la luz, de la paz.
                                                                         Jesús Sánchez Adalid

 
Descanso en ti, Señor



     A esta hora en que parece la vida se pone más calmada y que el mundo deja de brillar, pero mantiene esa serenidad de la luz del atardecer en la que vuelvo a echar mi alma a volar.

     Me elevo sobre los tejados, sobre la ciudad, sobre la carretera, sobre los campos silenciosos, sobre las montañas, sobre el mar. Veo la grandeza y la belleza del mundo. La inmensidad de la creación. Tu creación, Dios mío. En el viento fresco siento tu presencia, mi Dios. Me veo más humilde e insignificante como un grano de arena. Disminuyo en mí mismo y me empequeñezco hasta casi desaparecer ¿Quién soy yo para que te fijes en mí? ¿Para qué te acuerdes de mí?

        Me acoges en tu mano cálida y creadora y me reintegras a ti, a tu tono maravilloso a tu infinitud amorosa. Yo me regocijo, me sereno y me expando en ti.

                                                                                      Jesús Sánchez Adalid
 

Aquí estamos, Señor
Señor, antes que fuera engendrado el orbe de la tierra, desde siempre y para siempre, tú eres Dios y soportas que nosotros, frágiles y culpables, continuemos habitando en la tierra de los vivos y nos das días y años para que adquiramos un corazón sensato: que el amor, Señor, nos haga siempre dóciles a tu voluntad, que nuestras acciones proclamen la obra de tus manos para que así podamos un día gozar eternamente de la dulzura de tu presencia.
             Dios y Señor del tiempo y de la eternidad, antes de que retornemos al polvo del que fuimos formados, tu paciencia nos sostiene para que conozcamos tu voluntad.
             Que baje, Señor, a nosotros tu bondad y haga, durante este día, prósperas las obras de nuestras manos, para que se manifiesten al mundo tu verdad y tu gloria.
Jesús Sánchez Adalid
 

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